viernes, 30 de diciembre de 2011

El armario (Bestiario, II)

Armario: Criatura mitológica, de las dimensiones mastodónticas de una ballena, pero de secano. Se alimenta de niños curiosos a los que atrae con el misterioso batir de sus puertas. 


Imaginas que sucedió durante esa etapa indefinida que situamos en torno a los diez años, el recuerdo adulto demasiado impreciso para concretar nada más. En la casa grande como la infancia de tu prima, con quien jugabas a esconderte en un armario que además de ropa contenía libros; o quizá fuese una biblioteca camuflada de vestidor, nunca se sabe. Os turnábais en la tarea: una de las dos sujetaba una vela que dibujaba el necesario contorno de misterio en torno a la escena, la otra leía en voz alta uno de aquellos libros guardados fuera de lugar; el armario como puerta a otros mundos en los que vosotras, entre atrevidas y tímidas,  os contentábais con recorrer el umbral para luego cerrarlo como se cierran las tapas de un libro. 

La memoria se vuelve perezosa y se niega a darte los títulos de cera que leiais bajo la luz de tinta; o al contrario, qué más da: mejor así porque eso nos permite repasar juntos el inventario imaginario de la colección de tu tía. Pongamos que había algo de Conrad o de Stevenson, mares de letras por cuyas aguas naufragábais a placer, remisas a la hora de volver a la superficie terrenal del otro lado del armario; un Salgari y varios Verne, tres Dumas (o eran cuatro) y un Hobbit que despertaban en tu prima y tú la sed de aventuras que jamás se apaga; acaso las plomizas obras completas de Blasco Ibáñez o de Pérez Galdós por las que caminábais de puntillas para no despertaros del sueño; unos versos inescrutables de Cernuda o de Byron que pasaban por vuestros ojos curiosos demasiado rápido. Y al fondo, semienterrado entre tanto libro en desorden, o quizá sobresaliendo del bolsillo de un abrigo, un ejemplar de La historia del señor Sommer que sólo viste tú cuando ya os marchábais, a la luz fuerte y cegadora del armario abierto.

Sonríes, pensando que los libros y los abrigos y los trajes podrían haber salido ardiendo en cualquier momento: suerte que las llamas de la infancia sólo prenden en la imaginación. Ahora ves corretear y cantar a tus hijos en la casa que estáis empezando a habitar, y te preguntas cuál será la parte que ellos escojan (otro armario, tal vez una cama, el patio o el hueco bajo las escaleras) para soñar y leer juntos mientras su madre los reclama o los busca, complacida.

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lunes, 5 de diciembre de 2011

Cerca de las estrellas

Por qué no, hablemos de baloncesto. Podríamos comenzar por el verano de 1984, final olímpica, USA-España. Sólo recuerdo que estaba en el chalet de mis primos, que dormía y me despertaron de madrugada para el partido, que salí del sueño para vivir un sueño: lo de menos fue la paliza que recibimos, o no saber ya si llegué a ver la semifinal contra Yugoslavia, ni tener grabada la imagen de Jordan defendiendo a Iturriaga más que viéndola en fotografía muchos años después.

Continuaremos pues por la década de de los ochenta, noche de los viernes en la segunda cadena, tan Cerca de las estrellas como no habíamos estado nunca antes. Ramón Trecet y Esteban Gómez en un set decorado con el skyline neoyorquino, y el niño que yo era creyendo que en efecto transmitían desde Manhattan, a unos pasos del Madison. Era la época del showtime, de las finales Lakers-Celtics; luego llegarían los Bulls de Air Jordan, los chicos malos de Detroit, Stockton y Malone, Olajuwon, Ewing, Barkley, Drexler… pero mi memoria siempre asociará aquellos tiempos de descubrimiento al pase picado con el que Magic Johnson lanzaba el contraataque, y al elegante tiro en suspensión de Larry Bird. Como decía el lema de aquella campaña publicitaria de la NBA, I love this game.

Ha pasado el tiempo y el niño crédulo que ensayaba en una canasta hecha por su abuelo, que alguna vez quiso ser profesional y no tenía fuerza suficiente para tirar de tres, sigue jugándose los triples from downtown y ahora le cuesta creer que, después de tantos años de penurias desde esa lejana final de Los Angeles 84, España lo gane casi todo. Aunque, en cierto modo, Calderón, Rudy, Navarro, los Gasol y compañía están ahí porque alguna vez vieron jugar a estos “jóvenes airados” que aquí se reencuentran de la mano de Loquillo en un playground de Barcelona.

Madrid, diciembre de 2011. Por extrañas circunstancias, un destacamento de la mejor liga del mundo ha desembarcado en Europa, pero el sueño se acaba. No podemos permitir que Rudy e Ibaka regresen a la NBA sin ir a verles al Palacio de los Deportes. El Real Madrid-Valencia se convierte en una fiesta, en showtime, y todo sale según el guión: no hay nada como celebrar la pasión por el basket al abrigo de las risas y la conversación con viejos y nuevos amigos. Aunque sólo sea por un día, volvemos a sentirnos cerca de las estrellas. Por el camino los sueños han dejado de estar intactos pero todavía no se han quebrado: tras la temporada 2010/2011 este alero-raza-blanca-tirador acabó con las rodillas destrozadas y 8’5 puntos de media por partido, se siente joven y viejo, ni siquiera sabe si volverá a jugar una liga, la única certeza que le queda es que sigue amando este deporte y que en determinados escasos momentos, como decía Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.

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martes, 29 de noviembre de 2011

La maleta mexicana

"Si tus fotos no son lo bastante buenas, es que no estás lo bastante cerca".
Robert Capa

La maleta mexicana es un voluminoso libro recién publicado por la editorial La Fábrica que recoge la asombrosa historia de los más de 4.500 negativos de la guerra de España tomados por Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour que se hallaban en paradero desconocido hasta 2007. La ocasión merecía que se presentara en el Círculo de Bellas Artes, con las intervenciones de Alfonso Guerra como presidente de la Fundación Pablo Iglesias, y del reportero gráfico Gervasio Sánchez.

Tan apasionante como el periplo de la maleta extraviada es la vida de estos fotógrafos, especialmente de los dos primeros, que en realidad eran uno si atendemos a que se ocultaban bajo el famoso seudónimo común de Robert Capa como estratagema comercial para mejor vender sus fotos. Aunque da para varios libros, contémoslo en una sola frase: Endre Friedmann, alias Robert Capa, antifascista y judío de origen húngaro, formado como fotógrafo en Berlín y en París, donde conoció al amor de su vida, Gerta Pohorylle, alias Gerda Taro, alias también Robert Capa, antifascista y judía de origen polaco, construyen juntos su leyenda en España, ella muere porque quiso acercarse demasiado, en la batalla de Brunete, atropellada por un tanque, él no puede soportar su ausencia y se marcha a cubrir la invasión de China por el imperialismo japonés, luego vuelve a la guerra civil española, luego vive en primera línea el desembarco de Normandía, para ser el primero en fotografiar la liberación de París se infiltra en la División Leclerc convenciendo a los republicanos españoles al grito de “pero si yo he hecho la guerra con vosotros”, se retira de los conflictos armados a finales de los cuarenta cuando una bala a punto está de volarle los testículos, tiene numerosas amantes, entre ellas Ingrid Bergman, que contará su romance a Hitchcock y éste se servirá de ello para rodar La ventana indiscreta, vuelve a la guerra en 1954 en Indonesia, casi por azar, para sustituir a un compañero, y allí pisa una mina, y muere.

Gervasio Sánchez no ha tenido una vida tan ajetreada, pero sabe lo que es fotografiar la guerra. Antiguo compañero de fatigas del insigne Pérez-Reverte, gasta idéntica mala leche que su amigo novelista. No duda en expresar su indignación por la falta de justicia hacia las víctimas de la guerra civil, especialmente hacia esos miles de desaparecidos que siguen festoneando las cunetas españolas. “Una guerra sólo se acaba cuando todas sus consecuencias se superan”, concluye. Alfonso Guerra, incómodo, baja la mirada durante unos instantes. Luego se rehace, y nos traslada su pasión por este libro, cuenta que la de España fue la última guerra que se luchó por una causa, por unos ideales, con su particular guasa matiza que La maleta mexicana ni es maleta, ni es mexicana, que el seudónimo lo inventaron a medias, Gerda escogió el nombre en homenaje a Robert Taylor, Capa escogió el apellido en homenaje a Frank Capra, añade que ambos fueron una pareja de aventureros en el sentido más extraordinario de la palabra, entregados a un compromiso, el de la República, nos habla del mítico hotel Florida, donde Hemingway organizaba fiestas en medio de los bombardeos y Saint-Exupéry ofrecía pomelos a las señoras, explica que el autor de El principito vino a España como corresponsal de guerra para sustituir a un compañero muerto, Louis Delaprée, que dijo: “Todas las imágenes del martirio de Madrid que trataré de poner ante sus ojos –aunque muchas desafían toda posible descripción– las he visto. Pueden creerme. Les suplico que lo hagan”.

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martes, 22 de noviembre de 2011

Margin call

Hay al menos cuatro películas realizadas por la industria americana acerca de la crisis financiera global iniciada en 2008 y en la cual sin duda todavía nos encontramos. Dos de ellas son documentales, Capitalismo: una historia de amor (Michael Moore, 2009) e Inside job (Charles Ferguson, 2010). Ambas exponen de manera descarnada los orígenes y consecuencias de la crisis, con la diferencia de que la primera, dada su fecha de rodaje, termina con un mensaje combativo (inolvidables los acordes en clave de jazz de La internacional junto a los títulos de crédito) y esperanzador ante la llegada a la presidencia de Barack Obama; mientras que la segunda finaliza como un auténtico cuento de terror al demostrar que los culpables de la crisis siguen manteniendo el poder (todo el poder) incluso en plena administración Obama.

La tercera de estas películas es Too big to fail (Curtis Hanson, 2011), producida para televisión por esa fábrica de talento que es la cadena HBO. No se atreve a tanta crítica como los documentales mencionados (de hecho, presenta como poco menos que un héroe al secretario del tesoro Henry Paulson, que si bien pudo ayudar a paliarlo no por ello es menos cómplice del desastre) pero supone una interesante dramatización de aquellos hechos, más a nivel informativo que cinematográfico.

Y así llegamos a Margin call (JC Chandor, 2011). Aquí no hay afán de desentrañar la crisis, de explicar a la audiencia cómo pudo llegarse a tamaño despropósito, de buscar culpables. Es mucho más que eso. Es el retrato de una época, del colapso del mejor de los tiempos y del peor de los tiempos, es decir, del capitalismo. Es cine en estado puro. No veía un análisis tan certero del drama que es la realidad desde Network (Sidney Lumet, 1976). El largometraje retrata tan sólo las 24 horas previas a la caída, centrándose en los empleados y dirigentes de la firma que desató la catástrofe. No hace falta más: el resto lo conocemos y lo sufrimos día tras día en nuestras propias carnes. Margin call derrocha intensidad en todos los aspectos y se beneficia de un reparto impecable, por no hablar de un guión que es una bomba de relojería, de unos personajes absolutamente creíbles o de una banda sonora encabezada por ese temazo de Phosphorescent titulado Wolves. Cada vez que el viejo lobo Jeremy Irons y el lobo cansado Kevin Spacey aparecen en pantalla asistimos a una lección magistral de interpretación, siempre al servicio de la historia y de su final, que no es más que el principio de la crisis actual. A la salida del cine me pregunto si acaso esto es lo único bueno que pueden traer décadas de rapiña y destrucción: admitiendo que las grandes tragedias suelen llevar consigo grandes obras de arte a través de las cuales el hombre trata de superarlas, ésta al menos ha servido para ofrecernos Margin call.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

Treme

“Sólo quiero que me devuelvan mi ciudad”

Llegué a Treme buscando una nueva dosis de The Wire. Pero no es posible continuar la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Y sin embargo allí estaba, reconocible, la impronta del director David Simon, y en el reparto algunas caras conocidas que ya forman parte de la familia: si en las películas son más bien cosa de una noche, en las series los actores te acompañan a la cama con la frecuencia de una pareja más o menos fiel. Y claro, se les coge cariño, y se disfruta al comprobar que siguen ahí: el chulesco detective apodado The Bunk en la piel del no menos chulesco trombonista Antoine Batiste, el cerebral Lester Freamon convertido en el testarudo Big Chief Lambreaux. Pero la serie avanza y casi me voy olvidando de su antecesora hasta que, curiosamente, Simon acaba por retomar los temas fundamentales de The Wire, como si él mismo echase de menos la magnitud de su primer trabajo.

Treme es un barrio de Nueva Orleans. Nueva Orleans acaba de sufrir el desastre del huracán Katrina, la ciudad trata de recomponerse y sus habitantes vuelven poco a poco a pasear por sus calles, reabren sus negocios, llenan el barrio de música porque en Nueva Orleans no se respira oxígeno sino notas de todos los estilos imaginables. Cuántas veces me ha parecido que estaba allí dentro, en cualquiera de sus innumerables garitos, escuchando ensayar a ese insoportable vecino que es Davis McAlary, admirando el violín y la belleza de Annie Tee, hasta en pleno Mardi Gras formando parte de la segunda línea.

Treme es por encima de todo una historia de amor: pero no tanto de amor por la música omnipresente como de amor por una ciudad, el amor colectivo que el elenco de personajes siente por el lugar que les proporciona su identidad, ya sean músicos de fama o callejeros, abogados, cocineros, profesores o policías, ya se encuentren viviendo allí o hayan tenido que emigrar. En cierto episodio de la primera temporada McAlary exclama desesperado “I just want my city back”. Y después de habitar durante veintiún episodios esa ciudad en la que jamás estuve, me da por pensar qué ocurriría si la mía desapareciese: tal vez mañana Madrid ya no siga donde está, los amigos podrían volverse esquivos o incluso esfumarse, o quizá ser yo quien no tuviera ánimos para buscar la música en esta ciudad que también respira a través de ella.

El desastre puede tomar la forma de una tormenta o ser interior, pero mientras no estalle (o precisamente para evitar que lo haga) lo mejor será hacer caso al lema de Treme, que ilustra el cartel que a su vez ilustra estas palabras. “Wrap your troubles in dreams”. Envuelve tus problemas con sueños.

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martes, 8 de noviembre de 2011

Escuchando al juez

“Una injusticia en un lugar es una injusticia en todas partes”. Samuel Johnson.


Vengo de la Filmoteca, de ver el documental Escuchando al juez Garzón. No es difícil dejarse arrastrar por la precisión de la cámara de Isabel Coixet, observar su técnica, apreciar el uso tan apropiado del blanco y negro, o reflexionar sobre qué hace una directora de cine de ficción como ella preocupándose por el destino (tan abrumadoramente real) de Baltasar Garzón. Tampoco es difícil admirar el aplomo del entrevistador, Manuel Rivas, correctísimo en su papel de periodista más o menos improvisado. Lo difícil es no sentirse juez Garzón al escuchar al juez Garzón: cómo abstraerse de su dominio de la palabra, de su furia contenida, de la profesionalidad y el esfuerzo llevados al mejor de los límites. Garzón es ejemplo de numerosos valores positivos, pero igualmente y a su pesar negativos, porque en él hacen blanco las fuerzas más oscuras de este extraño país llamado España.

Recuerdo con cierta frecuencia a Al Pacino gritando “¡Me estoy quedando sin héroes!”: una escena de la película de Michael Mann The insider (traducida aquí como El dilema). En efecto llevamos mucho tiempo quedándonos sin héroes, en todos los ámbitos, especialmente en el de la justicia. Por eso es tan grato reconocer en Baltasar Garzón a la figura, al prototipo incluso del héroe cansado: ese que aguarda su destino con una mezcla de indiferencia y fatalismo, puesto al pie de los caballos por quienes se congratulan de que todo siga como siempre, en perfecto orden. Pero su orden es contrario a la vida, como oí decir una vez al poeta Ángel González.

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domingo, 6 de noviembre de 2011

Grecia expirando

Who shall now lead thy scattered children forth,
and long accustomed bondage uncreate?

Si uno se acerca, en su azaroso caminar por la ciudad natal, al museo donde se expone la obra de Eugène Delacroix, verá destacada la silueta de Grecia, de una Grecia personificada en la figura de una bella mujer que se ofrece al espectador, determinada a sacrificarse por sus hijos. El lienzo Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi  fue pintado en 1826, como denuncia del enésimo ataque del imperio otomano sobre los griegos, y también como homenaje a Lord Byron, que había fallecido allí mismo en Missolonghi, dos años antes, peleando contra el invasor turco. Las asociaciones se disparan: Delacroix, como Picasso un siglo más tarde en el Guernica, pone su arte al servicio de una causa política, al servicio de un pueblo que se resiste a perder la libertad; Grecia, entonces bajo el yugo de un imperio, ahora sometida por la avaricia de gobernantes ineptos y mercados insaciables.

Si uno continúa su recorrido por el museo, leerá la pregunta que sobre Grecia se hacía Byron y antecede estas líneas, una pregunta que muy bien podrían hacerse los griegos en estos días aciagos. Leerá también, en relación con la más conocida obra de Delacroix, La libertad guiando al pueblo, la contundente declaración de intenciones del artista: “He emprendido un tema moderno, una barricada, y si no he luchado por la patria, al menos pintaré para ella”.

Puede uno seguir paseando entre los lienzos, o distraerse con la encantadora amiga francesa que lo acompaña, pero tarde o temprano volverá sobre el poeta inglés que tanto le entusiasma. En cierta parte del museo encontrará semienterrados los siguientes versos, correspondientes a dos cantos distintos de Las peregrinaciones de Childe Harold, y pensará que aguardaban ahí para dar sentido a todas las imágenes que han rondado su cabeza durante la visita:

Nunca fui amigo de la sociedad,
tampoco ella se mostró amiga mía.
Nunca intenté alcanzar sus votos,
jamás se me vio doblar pacientemente la rodilla ante los ídolos,
ni forzar la sonrisa en mis labios,
ni unirme al eco de los aduladores.
Viví como un extraño entre los hombres.
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Hay un placer en los bosques sin senderos,
hay un éxtasis en la costa solitaria,
hay compañía allí donde nadie se hace presente,
al lado del mar profundo, y música en su rugido.
No amo menos al hombre, sino más a la Naturaleza.

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domingo, 23 de octubre de 2011

Venís desde muy lejos

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras
una esparcida frente de mundiales cabellos
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras
con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos
.
Miguel Hernández

 
Ha sido agotador. Cuatro días consecutivos de homenaje, sin contar los preparativos y las múltiples reuniones previas. Cuatros días de saludos, de despedidas, de reencuentros. Y a pesar de todo ello, sigo siendo incapaz de contestar con precisión sobre el origen de mi interés por las Brigadas Internacionales. Siempre hay alguien que lo pregunta, bien porque apenas ha oído hablar del asunto, bien porque no acaba de comprender su trascendencia 75 años después. Procuro esbozar alguna que otra explicación, pero nunca termino de sentirme satisfecho con lo que digo. Tal vez porque esta simpatía, esta devoción incluso hacia lo que representan los brigadistas supera el ámbito intelectual para deslizarse en el terreno de las emociones, en el cual resulta difícil abrirse paso con palabras. 

Jueves y viernes dedicados a conferencias sobre el tema: Las Brigadas en la defensa de Madrid,  Libros contra las balas, De la batalla de Madrid al Guernica, La guerra civil en la prensa neoyorquina... son sólo algunos de los títulos. El documental Hollywood contra Franco, narrado con un exquisito pulso cinematográfico, es probablemente el mejor ejemplo de hasta qué punto la guerra de España traspasó nuestras fronteras para convertirse en el episodio uno de la II Guerra Mundial. Las 50 copias que nos trajo el director se agotaron a la salida.

El viernes por la noche, fuera de la programación del 75 aniversario pero íntimamente ligada a él, estreno de La voz dormida en cines comerciales. La sala reservada para la ocasión por la familia de Dulce Chacón está repleta, y en ella retumba el eco del “¡Viva la República!” lanzado al aire como un desgarro por la protagonista, en la penúltima escena. Poco después será Inma quien grite por su hermana: “¡Viva Dulce!” y la platea estallará en aplausos.

Llega el sábado a mediodía, el momento más esperado, la inauguración de un monumento en la Ciudad Universitaria, escenario de los combates, corazón del Madrid bajo asedio; hoy lugar de paso y de estudio de cientos de jóvenes como aquellos que, en la entonces denominada Universidad Central de Madrid, vieron interrumpidas sus clases y convertidos sus libros en parapeto contra la barbarie. Rodeado de unas 500 personas, la figura del brigadista inglés David Lomon, nonagenario, se agiganta bajo el monumento, especialmente hacia el final de su discurso, cuando levanta el puño en recuerdo de los viejos ideales, de los camaradas caídos, de la historia y de la leyenda.


Sábado por la tarde, concierto en el auditorio de Comisiones Obreras. Se suceden poemas y canciones hasta que desde el escenario se pregunta si los brigadistas podrán subir para el homenaje final. “¡Pues claro que subimos!” dice la voz festiva de uno de los Almudever. Y allá que suben, los dos hermanos Almudever y el estonio Erik Ellmann, para cantar juntos La Internacional.

Domingo, hoy, por la mañana. Las delegaciones extranjeras (alemanes, italianos, ingleses, americanos, irlandeses) van a visitar el cementerio de Fuencarral, y luego el valle del Jarama. Mientras tanto, un pequeño contingente de avanzada tomamos al asalto el Ateneo de Madrid: proyectamos Dagbog fra den spanske borgerkrig, sobre los brigadistas daneses, y Esos mismos hombres, sobre los voluntarios argentinos. La coincidencia con los actos de la periferia no impide que unos 80 asistentes nos ayuden a tomar posesión del baluarte republicano y ateneísta, comandados por la sabiduría de Mirta Núñez y Jerónimo Boragina.

Todos estos eventos, todas estas personas involucradas, la suma de los homenajes celebrados desde 1995 indican hasta qué punto sigue con vida el espíritu leal y solidario de las Brigadas Internacionales. Por mucho que uno se interne en los documentales, libros, debates y conmemoraciones no deja de quedarse sin comprender del todo qué llevo a 35.000 personas de 53 países distintos a venir a combatir a España, a defender con las armas la democracia y la libertad amenazadas. Como tampoco, por mucho que se lo pregunten, puede uno dar cuenta de los motivos de tanto interés y tanto cariño. No hay palabras, salvo quizá las de los poetas. Venís desde muy lejos, decía Alberti, y ojalá no se vayan nunca.

Como aquel proyecto, Todos los nombres, dedicado a recuperar la memoria de los represaliados por la dictadura, quisiera concluir esta crónica recordando todos los nombres (y seguro que se me queda alguno en el tintero) de los compañeros que, desde la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, han hecho posible estos cuatro días de homenaje: Ana, Seve, Isabel, Gema, Alexia, Justin, Harry, Iñaki, Óscar, Paco, Bruno, Salvador, Carlos, Vicente, Román, Diego, Ángel Luis, Elisa. Gracias, amigos. Gracias también a mi madre que, una vez más, de ninguna manera se lo iba a perder. Gracias a quienes siempre estáis ahí, como Esperanza, Enriqueta y Juan; a los que habéis estado y se os echó de menos, como Paula y María; a los que acabáis de llegar, como Gonzalo, al que sólo le faltó envolverse en la bandera tricolor. Sirva esta crónica para conjurar la inevitable sensación de que éste ha sido el último gran homenaje, de que los brigadistas se nos marchan. Sirva para recordar a Bob Doyle y sus eternas palabras: “la lucha continúa”.

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miércoles, 12 de octubre de 2011

Let us rise (sobre estatuas y levantamientos)


Si uno pasea por O’Connell Street, la calle más emblemática del centro de Dublín, encontrará a su paso numerosas tiendas de permanentes rebajas, locales de comida rápida, y un spire o monolito de acero (que costó nada más que cuatro millones de euros) cuya única utilidad es la de servir como meeting point para locales y extranjeros. Todos ellos monumentos al capitalismo y sus derroches, si se quiere. Pero al lado del puntiagudo spire existe una estatua de un hombre con los brazos abiertos, en actitud declamatoria. Si uno se acerca lo suficiente y la lluvia y los turistas se lo permiten, comprobará que representa a un tal Jim Larkin, líder sindical de principios del siglo veinte. Y es que se trata de una calle llena de historia para quien desee buscarla y confrontarla con el presente rápido y de saldo: la imponente oficina del servicio postal fue escenario de los combates de aquel lejano Easter Rising de 1916, el “levantamiento de Pascua” que inició el final del largo camino de los irlandeses hacia su independencia. Al fondo de O’Connell, no muy lejos de la casa de James Joyce, no muy lejos tampoco del estudio de Francis Bacon, hay otra estatua, dedicada a Charles Stewart Parnell, brillante político irlandés del diecinueve. Y si de estatuas se trata, cómo no mencionar la del propio James Joyce, escondida a pie de calle entre los turistas, hermanada al antojo de mi recuerdo con la del lisboeta Fernando Pessoa, tanto que se diría que son la misma (o la de alguno de sus heterónimos). Volviendo a la de James Larkin, si uno se acerca un poco más, desafiando ya toda lógica turística, verá una inscripción, una frase inolvidable, tal vez la mejor herencia de un James Larkin que pasó a la historia como héroe para unos y villano para otros, dada la división que provocaban sus acciones y discursos hacia el final de su carrera.

Hoy, mes de octubre de 2011, mes tradicionalmente revolucionario como bien nos recuerda José Luis Sampedro, nos preparamos para levantarnos en todo el mundo contra el orden establecido. Es la primera gran convocatoria global desde el olvidado mes de febrero de 2003: entonces contra la invasión de Iraq, surgida de los foros sociales y el movimiento antiglobalización; ahora contra el sistema en su conjunto, surgida de nuestro 15M según parece (no está nada mal que algo así tenga su epicentro en España) como cristalización de las revueltas árabes, de la revolución del frío en Islandia, y de la indignación generalizada hacia los amos del mundo. Si la también tradicional división de los revolucionarios y nuestra propia inveterada sumisión al sistema nos lo permiten, acaso se produzca un cambio. Como contrapunto al inevitable derrotismo, conviene invocar el grito de guerra de Big Jim Larkin, para embozarnos en él y tomar las calles. En la placa bajo su estatua, la frase en cuestión aparece en tres idiomas: francés, gaélico e inglés. Añadiendo el mío, y teniendo en cuenta que el original proviene del revolucionario francés Camille Desmoulins, la cosa queda como sigue:

Les grands ne sont grands que parce que nous sommes à genoux: Levons-nous.

Ní uasal aon uasal ach sinne bheith íseal: Éirímis.

The great appear great because we are on our knees: Let us rise.
  
Los grandes parecen grandes porque nosotros estamos de rodillas: Levantémonos.

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lunes, 10 de octubre de 2011

Cuando pienso en los viejos amigos

Cuando pienso en los viejos amigos que se han ido
de mi vida, pactando con terribles mujeres
que alimentan su miedo y los cubren de hijos
para tenerlos cerca, controlados e inermes.

Cuando pienso en los viejos amigos que se fueron
al país de la muerte, sin billete de vuelta,
sólo porque buscaron el placer en los cuerpos
y el olvido en las drogas que alivian la tristeza.

Cuando pienso en los viejos amigos que, en el fondo
del mar de la memoria, me ofrecieron un día
la extraña sensación de no sentirme solo
y la complicidad de una franca sonrisa…

Luis Alberto de Cuenca


Cuando pienso en los viejos amigos me da por actualizar mi blog. Cuando pienso en Loquillo y su nuevo disco Su nombre era el de todas las mujeres (poemas de Luis Alberto de Cuenca musicados por Gabriel Sopeña), recuerdo sus discos anteriores dedicados a la poesía: La vida por delante (1994) y Con elegancia (1998). Cuando pienso en los años noventa me recuerdo joven e influenciable, ávido de mujeres y poemas, con toda La vida por delante en palabras del maestro Gil de Biedma. Cuando pienso en los temas de aquellos dos excelentes discos me detengo en uno de ellos titulado Cuando pienso en los viejos amigos, de un tal Luis Alberto de Cuenca. Cuando pienso en Luis Alberto de Cuenca decido olvidar su faceta de Secretario de Estado al servicio del ominoso Señor del Bigote, y acordarme de que es capaz de escribir el verso Su nombre era el de todas las mujeres. Cuando pienso en todas las mujeres me da por escribir.

Coda: abro Su nombre era el de todas las mujeres y quiere el azar que lo haga por el poema La noche blanca, y ese azar me dice que no queda sino leértelo (sí, a ti). Me asalta la sonrisa al encontrarme luego con Loquillo, imperial, consultando su reloj mientras piensa en aquella época Cuando vivías en la Castellana. Sigo con el hojeo previo a toda lectura sosegada: ahora me sorprende el rostro avejentado de Gabriel Sopeña, que yo creía detenido en el tiempo ingenuo de los noventa (jóvenes éramos entonces, querido compañero de viaje). Dejo que Sopeña explique ¿Por qué, De Cuenca? y veo por fin a Luis Alberto, al poeta, posando en su estudio junto a unas figuritas de Tintín. La mente se me va (nuevo azar) a Arturo Pérez-Reverte, otro distinguido tintinófilo, y no me lo puedo creer cuando paso la página y veo la firma en el prólogo. Don Arturo, además de calificar a Loquillo como el "último de los hombres duros", empieza diciéndonos: "Si algo me gusta de Luis Alberto de Cuenca -y tal vez por eso es mi amigo- es que sigue creyendo en la infancia como memoria, en los viejos héroes cansados y en el amor como refugio frente al mucho frío que hace ahí afuera". Definitivamente, este disco me parece una maravilla, y todavía no he comenzado a escucharlo.

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jueves, 8 de septiembre de 2011

Fábula del Terral



¿Es aquí donde se sirven cafés imaginarios, verdad? Póngame uno, por favor, y déjeme que le cuente algo... Yo soy, cómo decirlo… un cliente fijo. Vengo visitando el Terral desde hace largo tiempo. Sí, ya sé que aún no ha abierto, pero en cierto modo es como si hubiera existido siempre. En algún sitio tenemos que dejarnos caer después de cada proyección, ¿no le parece? De manera que, como le decía... venimos aquí unas cuantas veces al año, tantas como se acuerdan de nosotros los amigos de la filmoteca. ¿Qué quiénes somos? Pues Buñuel, Wilder y Welles son los más asiduos, los más juerguistas, y también Woody que nos ameniza las veladas con su clarinete, y luego tenemos a ese impertinente de Tarantino, que siempre parece estar tramando algo. Tenga cuidado con él, suele reunirse con sus compinches en el sótano y… ¿Ah sí? ¿Piensan dedicar el sótano a la imaginación, a los cuentos y a las tertulias y a los talleres? Magnífica idea. No sabe cuánto lo celebro: el Terral al fin será algo más que un sueño. Diablos, este café está delicioso. Tendré que venir más a menudo. Ahora le ruego que me disculpe, va a empezar la función y no querrá que me quede de este lado de la pantalla, no estaría bien. El placer ha sido mío, señorita, es usted encantadora. Desde luego que volveremos a vernos. Se lo diré a los muchachos, y aquí estaremos para brindar por usted y su Terral. Hasta la vista…
 
Ilustración de Isa Montero
 
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lunes, 8 de agosto de 2011

Anna Molly



Ya no lo soporta más. Su mirada gira en torno al ático como un huracán, buscando algo que merezca la pena, un asidero al que aferrarse, nada. Si huyera ahora no tendría necesidad de llevarse ninguna de las cosas que hay en la estancia. Pero no es huir lo que quiere. No está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los evos aun la muerte puede morir. Boyd volverá de un momento a otro. La colmará de abrazos, susurrará su nombre prohibido con esa voz afilada tan característica en él, se empeñará en que hagan el amor junto a la ventana, desnudará su guitarra y tocará una canción para ella, tal vez dos. 

Luego compartirán una botella de bourbon, y ella saboreará agradecida la corrosión del líquido que atraviesa su garganta. Entonces Boyd, como siempre, pedirá a Anna que se lo lleve, que le regale la maldición de la sangre, que acabe con él. No está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los evos aun la muerte puede morir. Pero Anna se negará, una vez más. No permitirá que una desgracia de siglos caiga sobre Boyd, de nada sirve compartir destino si el destino es insoportable. 

Su mirada vuelve a girar en torno a la estancia, ahora con la parsimonia de un tigre que apenas aguarda el momento oportuno para lanzarse sobre su víctima. Los ojos voraces se detienen en la chimenea, donde arde todavía un rescoldo de la noche anterior. Anna sonríe al fin, y es una sonrisa cargada de resignación.

Ya no hay nada que hacer. El humo invade sus pulmones, la cabeza le da vueltas y el ático parece ahora un torbellino de caos y de sombras. Anna cae al suelo, inerte, y las llamas comienzan a rodearla, acercándose más y más en un aquelarre que sólo terminará cuando todo acabe. La muerte se extiende y va tomando posesión de un nuevo cuerpo, un cuerpo que se ha resistido a su dominio durante demasiado tiempo. El fuego purifica, asará su carne y buscará sus huesos. El fuego es capaz de quemar la sangre, de conjurar la maldición para siempre. Apenas han de pasar unos minutos entre su desmayo y el banquete ávido de las llamas. Anna yace tirada en el ático, su cuerpo se retuerce cuando una primera lengua de fuego lame la piel tan pálida, tan blanca pero ahora roja. No está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los evos aun la muerte puede morir. El dolor la obliga a abrir los ojos, pero acto seguido aprieta los dientes, y se deja hacer sin un solo grito. La muerte se enseñorea con su presa, largamente demorada. Acerca su guadaña para alejarla luego, jugueteando; busca arrancar al menos un gemido, antes de penetrar definitivamente en ella. Entonces Anna percibe una breve ráfaga de viento, inesperada, inoportuna. Boyd, piensa con un último rescoldo de conciencia, Boyd...

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miércoles, 20 de julio de 2011

Philip K. Dick

–Muy bien, señor. Un abono. ¿Para dónde?
–Macon Heights –dijo el hombrecillo.
–Macon Heights –Jacobson consultó la lista–. Macon Heights. Ese lugar no existe.

Mi acercamiento a Philip Kindred Dick en general, y a este volumen de Cuentos completos en particular, ha sido siempre cinematográfico. Mientras que conozco casi toda la amplia filmografía basada en sus obras, apenas había leído nada suyo. Comencé con el relato La segunda variedad, no tanto por la adaptación al cine (Screamers, que no he visto) como porque un viejo amigo me lo contó tiempo atrás. Tenía curiosidad por acercarme al original de una historia que recordaba fascinante. Pero el relato en sí me pareció por debajo de las expectativas que yo mismo me había creado y, sobre todo, penosamente escrito. Mal empezábamos, a vueltas con la eterna dicotomía entre ciencia ficción y alta literatura, como si fueran excluyentes, como si una buena historia de ci-fi no pudiera escribirse bien.

Proseguí con Recuerdos al por mayor, germen de la magnífica Desafío total. Y luego con Equipo de ajuste, convertida recientemente para la gran pantalla en Destino oculto. En ambos casos sorprende la habilidad de Dick para epatar al lector con sus juegos en torno al cuestionamiento de la realidad. Literariamente, el primer relato está mucho mejor construido y resuelto que el segundo, con un ingenioso final que nada tiene que ver con el del largometraje de Paul Verhoeven. Al leerlos me resultó inevitable compararlos con las adaptaciones al cine, para concluir que, tal y como sospechaba, se trata más bien de películas inspiradas en estos cuentos, y que detrás de ellas hay un notable esfuerzo de guión para densificar la trama. Porque lo que PK Dick aporta son ideas, grandes ideas, algunas de desarrollo mediocre y otras de mucho mayor alcance. Tantas y tan buenas que su influencia sobre la ciencia ficción en el cine va mucho más allá de las películas que incluyen su nombre en los créditos: imposible no pensar en la saga Terminator al leer La segunda variedad con sus robots autorreplicantes, o en The Matrix y las constantes referencias a lo real-virtual del universo dickiano.

Llegué entonces, por puro azar sobre el índice de cuentos, a El abonado. Magistral inicio que nos presenta a un viajero que intenta comprar un billete de tren hacia un lugar que no existe. El empleado del ferrocarril se lo demuestra enseñándole el listado de destinos y, frente a tal evidencia, el viajero, simplemente, desaparece. Escrito con soltura y acierto, este relato es quizá el más redondo del volumen, el que con mayor interés conduce al lector hacia su desenlace, hacia esas últimas páginas donde buscamos ansiosos la resolución del misterio. Otro tanto ocurre con El mundo que ella deseaba, menos brillante quizá aunque de comienzo igualmente atractivo.

Pero es donde menos esperaba a este autor, en el campo de la ci-fi humanista, el terreno sobre el cual más ha conseguido conmoverme. Lo logra con Desayuno en el crepúsculo, Humano es, James P. Crow y Una visita a la superficie. En la línea del mejor Ray Bradbury, Dick plantea una situación excepcional (un viaje en el tiempo, una guerra nuclear, una sociedad dominada por robots con humanos como criados) para hacernos reflexionar, no ya sobre el futuro probable, sino sobre nuestro propio presente. Hay otros relatos que no menciono aquí por ser claramente menores (más que una antología, se hubiera agradecido una selección por parte de los editores), pero cierro estos Cuentos completos con la satisfacción de haberme reconciliado con PK Dick y, ya de paso, con el tan denostado género de la science-fiction.

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jueves, 30 de junio de 2011

Ocaso


La puesta de sol a eso de las siete, mediados de octubre, otoño, de Alcalá a Sol, el rectángulo de luz sobre la cuádriga, su rastro que se pierde por Mayor hacia Oriente, que invita a buscarlo por las calles de los Austrias, de la bohemia.

Las farolas que se encienden a mi paso por los jardines en retirada, casi vacíos, del Buen Retiro. Y al fondo, la alta sombra de edificios que insinúan Central Park. La chispa adecuada. Los fotógrafos que toman medidas de la luz del ocaso, las tonalidades rojas de los árboles enmarcando la escena.

Ahora es julio, no todavía, apenas un día antes. El sol gobierna sobre la colina de los chopos que, engullida por asfaltos y cúpulas, ya no domina Madrid. Ocho meses han pasado entre un ocaso y este sol de justicia. Es la hora de decir adiós a los residentes y a sus fantasmas.

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jueves, 9 de junio de 2011

Me cago en los políticos (a la manera de Pérez-Reverte)


Mírenlos. Ahí siguen, tan ufanos. Repartiéndose de nuevo cargos y prebendas, botines y coches oficiales, secretarías y subsecretarías. Afuera ruge la tormenta, pero a ellos se les da un ardite. Les importa un carajo, para que ustedes me entiendan. La protesta no va con ellos, aunque lo más gritado sea "no nos representan". Ya se cansarán, piensan los meapilas de corbata y traje de regalo, ya se cansarán estos alborotadores.

Pero donde ellos ven melenudos, perroflautas y flowerpowers, yo que tengo mucha mili y he visto mucha guerra veo licenciados en paro: mayormente, lo que viene siendo el futuro de España. Así que lo mismo hay que tenerlos en cuenta, porque lo mismo no se cansan. Lo mismo están hasta las pelotas de tanto chorizo suelto. Y como no tienen más trabajo que un contrato de mierda ni más casa que la de sus padres, pues poco tienen que perder. Y los que poco o nada tienen que perder son los que te la lían, ya lo dicen los manuales de Historia que Sus Excelencias se encargan de tergiversar día sí, día también, gracias a esos libros de texto por encargo que igual colocan el Teide en mitad de los Monegros como juran y perjuran que Viriato era un héroe del independentismo andaluz.

No importa el jaleo ese de las revueltas árabes, los árabes siempre han sido unos revoltosos. Tampoco lo de Islandia, que nadie sabe cómo ha sido; ni lo de Grecia, que han tomado a nuestros revoltosos como modelo. Aquí no. Aquí en el Estado Español de los cojones nunca pasa nada. Nosotros a lo nuestro. A encumbrar al enemigo y apuñalar al amigo, que se acercan las generales. A inaugurar aeropuertos sin aviones, que es el no va más de la política-ficción. A recortar y a reformar, a sus órdenes señora Merkel, póngame a los pies de su señor marido. Y si los recortes y las reformas no sirven, pues tenemos otros.

Ganas me dan de dejarme crecer la barba, ponerme un turbante, agarrar el Kalashnikov AK-47 que tengo encima de la chimenea y tirar para la Moncloa, a ver qué pasa. Pero claro, cuando digo cosas así se me echan encima las lectoras bienpensantes de este suplemento, indignadas. Vayan a indignarse a la Puerta del Sol, no te jode. De verdad que dan ganas. La ostia de ganas. Háganse cargo. Lástima que me vea venir las consecuencias: Javier Solana otra vez como Secretario General de la OTAN, un personaje capaz de bombardearse a sí mismo. El muy hijo de puta.

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domingo, 22 de mayo de 2011

Imagina (La República de Sol)

Imagina que hay una guerra y no va nadie. Imagina que hay unas elecciones y en mitad de la monarquía de la desidia se instaura una pequeña gran república, la República de Sol. Imagina que esa república diminuta crece y crece, se multiplica en otras plazas de otras ciudades y de otros países. Imagina que vamos, que gritamos, que aplaudimos, que reímos y lloramos juntos. Imagina que empieza un domingo, el día del sol, y que a los primeros indignados se unen muchos más, que nos organizamos, que acampamos (yes we camp), que creamos talleres y comisiones y actividades y una cocina y un ágora y una biblioteca y nos convertimos en ciudadanos plenos de nuestra propia república, la república de mayo. Imagina que si esta democracia no nos vale, inventamos la nuestra, la de todos. Imagina que ya estamos allí, que nos sentamos a escuchar frente al balcón donde se proclamó aquella otra república, la república de abril. Imagina que cantamos Imagine, que nos unimos a una asamblea donde puede intervenir desde un niño a un anciano. Imagina que salgo a hablar porque ya no aguanto más, imagina que hablo del maestro Labordeta. Imagina que nos damos un abrazo, o dos, o tres. Imagina que nos encontramos con un amigo jugón y con un amigo fotógrafo, con dos tertulianas, con Juani que está currando en las cocinas desde hace unos cuantos días. Imagina todos los carteles, los lemas, las consignas; la rabia y la indignación y el hartazgo convertidos en motor del cambio y de la imaginación. Imagina que cumplo años en el Año Uno de la República de Sol. Imagina que seguimos. Hasta la victoria siempre. 

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viernes, 6 de mayo de 2011

Brothers in arms

[Antes de saborear esta entrada, conviene ver
-mejor a pantalla completa- el viejo videoclip que le sirve de título]


A pesar de la escasa memoria remota del que esto suscribe, hay determinados recuerdos que me acompañan de por vida, que se obstinan en desaparecer y emergen muy de vez en cuando, persistentes.

Alrededor del año 1985, en plena infancia, me recuerdo absorto contemplando esta mezcla entre dibujo e imagen real, maravillado ante la silueta de Mark Knopfler sobre un acantilado; escuchando las palabras "mist covered mountains", tan evocadoras, sin entenderlas en absoluto; y persiguiendo con la mirada el velero que navega a través de su ojo...  Supongo que aquel niño devorador de historietas se sentía atraído por los rápidos trazos de lápiz, y por el inconfundible rasgueo de guitarra tantas veces oída al lado de mi padre. No me hacía falta saber que estaba ante un himno antibelicista, ni que Dire Straits acabaría configurando buena parte de mi educación musical.

Luego, con el paso del tiempo, he escuchado en directo Brothers in arms en dos ocasiones (la más reciente, el último verano), atravesado montañas cubiertas de niebla (sobre todo con la imaginación), leído innumerables cómics y paseado por ciudades oscuras, perdido a mi padre, escrito una novela sobre la guerra, navegado en velero, recorrido los acantilados de Howth en compañía de un amigo poeta.

En algún momento posterior a aquel descubrimiento de finales de los ochenta, alentado por vagas nociones de inglés, me recuerdo preguntándome si el título querría decir "hermanos en brazos" o bien "hermanos en armas". Ahora la duda está más que resuelta, aunque prefiera quedarme con la ambigüedad de entonces, acaso porque a lo que realmente me invita este tema es a abrazar a mis actuales compañeros de infortunio, a mis hermanos en armas.

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lunes, 25 de abril de 2011

Tarde de cafés

"Solíamos reunirnos en un cafetín al aire libre llamado Under the Trees, donde, para celebrar nuestra felicidad, consumíamos vaso tras vaso de un delicioso ron seco. Cuando se apagaban las luces del cafetín, deambulábamos por El Condado, empeñados, como le hubiera gustado a Jaime Gil de Biedma, en que nuestra felicidad no tuviera fin". Jaime Salinas. Travesías.


En ciertas ocasiones, muy escasas, el escenario se impone sobre lo real, la impronta del recuerdo conjunto se sobreimpresiona en el presente y consigue espantar a los fantasmas cotidianos para invocar a otros, más etéreos. El azar hace el resto, y nos ofrece una singular tarde de cafés. Los cuatro amigos se han citado en un café con gusto añejo, que sabe a marco de antiguas tertulias, a teatro de numerosos reencuentros. Siempre provocador, el azar quiere que coincidan con un grupo de jóvenes desconocidos que practican una actividad muy familiar para nuestros tertulianos, aun siendo una auténtica rareza. El hallazgo sólo puede interpretarse como un atisbo de su propio pasado, como un guiño cómplice del tiempo: los jóvenes desconocidos están jugando a rol, allí mismo, en la cafetería que ahora dejan con la sensación de atravesar un portal que los llevara de vuelta a la realidad acostumbrada y pegajosa.

Sin embargo, algo del hechizo se mantiene sobre sus hombros, como nieve recién caída, cuando caminan tranquilos hacia el siguiente café. Una vez dentro, domina el ambiente de taberna y estallan las risas, las bromas comunes y maceradas por los años, aliñadas con el toque bastardo de la treintena. La amistad gana terreno, vence por momentos al paso inexorable de los días y las decepciones y las responsabilidades y las derrotas. El más atareado de nuestros tertulianos no puede demorarse por más tiempo y entonces, acaso animado por esa primera baja, el azar se manifiesta de nuevo, ahora socarrón e incluso traicionero. Un trío de féminas desconocidas posa su mirada lupina sobre los tertulianos, que siguen a lo suyo, ajenos aún a la llamada de la rutina, divertidos en su pasajera huida de la realidad. Ellas no pueden ser más que un atisbo del futuro, o del mismo presente correoso del que huyen. El café se termina, los tertulianos se marchan a lomos todavía de ese tiempo suspendido, ilusorio, feliz, que no tardará demasiado en derretirse como la nieve, a causa de su propia naturaleza.

Las tazas de café quedan atrás, vacías, un tanto abandonadas, a la manera quizá de esas féminas desconocidas que no volverán a ver. Hasta que algún camarero pase junto a las segundas para llegar a las primeras, recoja los restos de la singladura e ignore, entre tanta música y tanto ruido, el tintineo de risas y camaradería que aún se percibe, apagándose ya, en el fondo opaco de las tazas de café.

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lunes, 4 de abril de 2011

El buzón (Bestiario, I)

Buzón: Criatura mitológica. Montura alada del divino Hermes, mensajero de los dioses.
Su piel, de un amarillo intenso, estaba recubierta de escamas de oro.
Poseía una enorme boca con la que devoraba, sin masticar, a sus presas.


Siempre viste un toque de misterio en todo ello: introducías, ufano, tu carta por la ranura del buzón, como se introduce la llave en un baúl lleno de sorpresas o en una puerta hacia lugares todavía por explorar. De niño, te tentaba esperar apostado en una esquina, al acecho del cartero que tarde o temprano tendría que pasar por allí. Querías ver con tus propios ojos la realización del hechizo: que ese mago del que tus padres te hablaban realmente existía, y que era capaz de transformar el buzón en un dragón y volar raudo para repartir su contenido.

Finalmente algún amigo terminaba por tirarte de la manga, obligándote a seguir camino de casa, de la escuela o del juego. Entonces divagabas unos segundos más acerca del destino de la carta: si acaso se perdería, si no corría el riesgo de quedar abrasada bajo el aliento del dragón, si llegaría demasiado tarde, si tu compañera de clase optaría por responderte o por ignorarla como te ignoraba con su mirada altiva durante el recreo. No hubieras podido expresarlo así, pero sabías muy bien que en aquella carta iba un pedazo de tus sueños, que en cada una de sus líneas se dibujaba el anhelo de ser correspondido.

Ahora te vuelves loco para encontrar un buzón, un simple buzón en esta ciudad tan grande y tan pequeña al mismo tiempo. Crees recordar que en esa avenida había uno que ya no está, o era bajando hacia el centro comercial, no hay forma de estar seguro. El correo postal está en crisis, por no decir en extinción: dar con un buzón sería el equivalente de descubrir el esqueleto de un ogro, quizá aún más difícil, puesto que los ogros existieron alguna vez en tu imaginación.

Silvia contestó a tu primera carta, y a la siguiente, y también a las otras. Su condescendencia se transformó en interés, las miradas en palabras, y algunos besos. Luego os hicisteis amigos. Del colegio la amistad pasó al instituto, en la universidad quisiste que se enamorase de ti pero ella desapareció, o desapareciste tú, o fue la realidad la que os hizo desaparecer a ambos como un mago o un brujo cuyos trucos ya resultan arteros.

Hace unos meses volviste a verla. Más bien viste su foto, su foto y su nombre en una red social. Os comenzasteis a cartear de nuevo; pero eran mensajes electrónicos, fríos, sin más contenido que una sucesión desigual de unos y de ceros. Justo ayer recordaste que aquellas viejas cartas de la infancia nunca se tiraron, estuvieron siempre guardadas en un baúl como el que imaginabas abrir al meter precisamente aquellas viejas cartas de la infancia en el buzón. Has ido a casa de tus padres sólo para comprobarlo. No tienes la menor idea de si Silvia también las conserva en otro baúl, en un cajón de su mesilla de adolescente, o en el desván abandonado de su memoria adulta. Es un juego, por qué no invitarla a tomar parte en él.

Abres la ranura del buzón, el único puñetero buzón que has logrado encontrar después de llevar horas dando vueltas con el coche, hastiado de la gran pequeña ciudad, y te preguntas si acaso Silvia entenderá las reglas del juego. Si se iluminará su cara al volver a tener en las manos la primera carta que hace tantos años te envió, y acertará a corresponderte con tu primera carta, que en realidad es anterior a la suya, y si todo volverá a empezar de la misma manera que cuando eras un niño pedías que te contaran las historias una vez y otra y otra para escucharlas de nuevo, desde el principio.


Ilustración de Paula Orejudo
 
Relato publicado en El vuelo de la palabra (Ayuntamiento de Badajoz, 2013)
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miércoles, 30 de marzo de 2011

Escultores del aire

Según cuenta el poeta inglés Clive Wilmer, los hombres somos escultores del aire, en la medida en que modelamos el mundo a través de algo tan etéreo como las palabras. A semejanza del escultor que dota de forma definida a la piedra, el hombre construye la realidad mediante el lenguaje. Así comenzó Wilmer la puesta de largo de The Mystery of Things, su primer libro traducido al español, presentado ayer en la madrileña y acogedora librería Rafael Alberti.

El concepto de escultores del aire lo introduce Wilmer en su poema The names of flowers, que recitó más tarde. Pero al convertirlo en parte de sus primeras palabras, en su tarjeta de presentación ante el público, consiguió que este oyente no dejara de reflexionar al respecto durante el resto de la jornada. Si todos somos escultores del aire, contamos con los escritores como una suerte de profesionales del lenguaje y de la escultura, y entre ellos los poetas, los mejores poetas, serían auténticos maestros a la manera de Michelangelo Buonarroti, quien sostenía que su trabajo se limitaba a dejar salir la imagen que ya existía encerrada en el interior del mármol.
  
Sculptors of air. Nótese que la correcta pronunciación de esta última palabra en el más puro inglés británico, el inglés del profesor en Cambridge Clive Wilmer, es algo así como /éah/, con la segunda vocal difuminada, transformada en onomatopeya, desvaneciéndose en el aire. De modo que si uno dice air se descubre imitando la voz del viento, y corre el riesgo de estremecerse al comprender la magia del lenguaje y la capacidad evocativa de los escultores de palabras.

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domingo, 6 de marzo de 2011

Poética de un balcón


Está fumando en el balcón de un piso que visita por primera vez, un balcón que haría suyo (su baluarte desde el cual dominar Madrid) y un piso que decoraría a su antojo si pudiera. Fuma despacio, y me mira. No sabe muy bien por qué está aquí. La observo y me parece tan ligera, acaso un fantasma que mi mente se niega a desterrar. Se llama María Cavanagh, vive rodeada por un mar de pintura azul, habla con acento del sur pese a que proviene de una isla del norte, y está llena de sueños. Sueños a los que se aferra con la fuerza de quien ha caído y se ha levantado de nuevo, sueños que se condensan en sus ojos enfrentados a los míos. El humo se entromete y me distrae, me obliga a volver a pensar en ella como en un fantasma. Tal vez por eso me cuesta asegurar que realmente exista, porque es una nube frágil como la de su tabaco y, si extiendo los dedos hacia su figura recortada en el balcón, corro el riesgo de que desaparezca.

Ilustración de Isa Montero

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sábado, 26 de febrero de 2011

Revolución

Yet, Freedom! Yet thy banner, torn, but flying,
streams like the thunderstorm against the wind.
Lord Byron.


Las palabras, especialmente algunas palabras, se gastan con el uso. Hay quienes se empeñan en pervertirlas, malearlas, corromperlas, alquilarlas, torcerlas, sobornarlas incluso; todo ello con tal de devolverlas ya vacías de contenido, listas para el desguace. Enormes palabras gritadas al cielo, duras palabras transformadas en sangre, tristes palabras repletas de dignidad, gozosas palabras de celebración se han ido convirtiendo en vocablos de usar y tirar, en remedo de sí mismas, en instrumentos de confusión dirigida a dejarnos sin palabras.

Por fortuna, aún hay gente en Alejandría, en Tobruk, en los alrededores de la antigua Cartago, en Trípoli, en El Cairo que recuerda el viejo significado de una de esas palabras cargadas de futuro. Adivinen cuál.

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miércoles, 9 de febrero de 2011

Músicos

En los últimos meses me he venido rodeando de músicos y demás fauna a ellos adosada, a saber: fans, groupies, music victims, familiares y amigos, malasañeros, cascoantigüeros, modernos, posmodernos, cervatillas, exnovias de, pretendientes de, y cronistas en apuros (este última categoría malamente representada por el abajo firmante). La lista de conciertos –dígase “bolos” si pretende usted pasar por entendido– a los que he asistido asusta, y no sólo por su eclecticismo de dudoso gusto. Veamos, en riguroso orden cronológico desde el pasado verano: JF Sebastian, AC/DC, Joaquín Sabina, Mark Knopfler (en efecto, soy un carroza o, en decir más a la moda, un viejuno), Havalina, The Flow, Cabriolets, Incarnations (ahora me estoy poniendo moderno por momentos), Siniestro Total, Loquillo, Havalina & Maika Makovski, Love Division, Afroblue. Todo ello aderezado con un par de DJ sessions en Siroco con los inefables Havalina Men a los mandos, otra de tecno tóxico-industrial, y una noche cincuentera a cargo de Santi Campos (también conocido como Campi Santos). Confieso que a la mayoría de tales eventos no he ido yo solito (se requeriría demasiada fuerza de voluntad para eso), sino que me he dejado llevar, como es natural.

Este ejercicio sostenido de nocturnidad le ha servido al cronista en apuros para constatar lo que, probablemente, ya sabía: el TREME-ndo magnetismo que ejercen los escenarios, las guitarras, las cabelleras despeinadas (suspiro) y los desgarros de ron sobre el público. Nada hay que lo iguale. Ya puede uno vivir decididamente en un libro de poemas, citarse en las elegantes profundidades de la filmoteca, o esmerarse en la dedicatoria de su novela más prolija, que ese arte tan vulgar que consiste en tocar la guitarra (dicho sea desde el cariño) arrasa con todo. Y ahora voy a ponerme serio o, más bien, analítico: un buen libro también puede atrapar y seducir al lector, pero éste apenas se detiene a imaginar a su autor, si es que le importa; el cine es emocionante, desde luego, pero sus intérpretes resultan inalcanzables, no hay nada al otro lado de la pantalla; y el teatro, bueno, en el teatro tenemos a mano a los actores, aunque distanciados por la propia representación (¿acaso son ellos mismos?) y sus artificios.

Sólo la música –la música en directo– conjuga la inmediatez y el deseo, nos ofrece al artista desnudo ante sus seguidores (es un decir, o tal vez no) en un ambiente (oscuridad, cervezas, copazos, ya no tabaco) propicio para la comunión de los cuerpos. El crescendo de la multitud enfervorizada y sudorosa, coreando los temas en una suerte de ceremonia cuasi mística hace el resto. Desde el estadio olímpico de Sevilla al minúsculo Fotomatón, las dimensiones del recinto no importan, como tampoco el tamaño de la celebridad del grupo en cuestión y de sus miembros (del grupo), ya sea mucha o poca siempre traerán consigo alguna adoratriz dispuesta a seguirles hasta el infinito y más allá. Luego, los músicos y sus adosados forman por supuesto un particular contubernio lleno de complicidades y antojos, no exento de generosidad: en Madrid (no digamos en el infausto Casco Antiguo pacense) todos se conocen, van a los mismos garitos, se buscan aun a riesgo de encontrarse, rápidamente te invitan a subir su desbocado tren de la fiesta. No digo que haya más o menos camaradería que entre los escritores, pero desde luego éstos me parecen más callados, menos ufanos, más solitarios, menos procaces. Y en todo caso, no arrastramos ni la mitad de su fama.

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