jueves, 22 de julio de 2021

Hipatia: la razón está llena de estrellas

Ir al teatro parece siempre una actividad de resistencia, que se intensifica en tiempos de pandemia. Cuando la rutina consiste en encerrarnos como vampiros posmodernos en nuestro propio confinamiento de diseño, cada clic virtual un clavo sobre el ataúd, salir al aire limpio de la escena y contemplar las caras de actrices y actores es una maravilla. Como ya tuve ocasión de comprobar con el montaje de Tito Andrónico, hay más seguridad contra el virus en el Teatro López de Ayala que en cualquier taberna. Pero es que anoche el escenario era el Teatro Romano de Mérida. Hay que estar allí entre las viejas piedras para sentir la fuerza de los siglos, la conmovedora voluntad del ser humano por dotar de cultura y sentido su paso por el mundo.

Hipatia es un personaje histórico del que poco se sabe, puesto que no conservamos ningún texto escrito por ella, solamente referencias y correspondencia de sus discípulos. Como en el caso de Jesús de Nazaret, y la comparación no es gratuita, véanse los paralelismos. Hipatia es considerada la primera mujer científica, extraordinaria oradora que enseñaba filosofía, astronomía y matemáticas en Alejandría. La suya fue una época marcada por el edicto del emperador Teodosio en el año 380, que proclamaba el cristianismo como única religión permitida en el Imperio. La medida acrecentó las persecuciones y matanzas por motivos religiosos. Hipatia fue víctima de ellas, a pesar de su posición de prestigio y de contar entre sus alumnos a Orestes, máxima autoridad política de Alejandría, o Sinesio de Cirene, que llegaría a convertirse en obispo. En el año 391 Teodosio dio permiso al líder de los cristianos en Alejandría, el patriarca Teófilo, para demoler los templos paganos de la ciudad, entre ellos el Serapeo, donde Hipatia impartía su cátedra. Ella siguió enseñando y negándose a convertirse al cristianismo, hasta que en el año 415 fue asaltada, violada y descuartizada por un grupo de fanáticos alentados por Teófilo, posteriormente proclamado Santo por la Iglesia.

El personaje histórico de Hipatia tiene sobrada fuerza para devenir en símbolo. Tras una larga etapa de olvido, su figura fue recuperada por la Ilustración en el siglo XVIII como emblema de la razón frente a la barbarie, y permanece de actualidad hasta nuestros días, con el añadido de convertirse también en mártir del feminismo: los enemigos de Hipatia, como era de esperar, la rechazaban ante todo por ser mujer y atreverse a ocupar una posición de magisterio reservada a los hombres. Así se explican las diversas obras literarias y pictóricas en torno a ella, la película Ágora dirigida por Amenábar en 2009, y la obra teatral Hipatia de Alejandría recién estrenada en Mérida. Entre las columnas del teatro romano, entre la creciente marea de intolerancia y fascismo que amenaza con sepultarnos, resulta imposible sustraerse de las palabras sabias y conciliadoras de Hipatia, de su descubrimiento de la órbita elíptica de la Tierra, de la propia elipse como metáfora que nos acerca y aleja del conocimiento y de nosotros mismos.

Mientras veía a Hipatia interpretada por Paula Iwasaki pensaba en Matilde Landa, encarcelada hasta la muerte por la dictadura, que también se negó a convertirse al cristianismo de los fanáticos, y que fue bautizada in articulo mortis, como último ultraje a su libertad. Pensaba en los tiempos que corren, repletos de bulos y farsas como las que socavaron la convivencia en Alejandría. Con solo levantar la mirada vi también las estrellas en la bóveda celeste, iluminando el teatro, las mismas estrellas que obsesionaron a Hipatia hace mil seiscientos años. En honor a ella un cráter lunar, un asteroide y un cometa llevan su nombre. No está mal, pero pienso que todo lo que Hipatia representa se merece nombrar algo más, algo como un astro que brilla con luz propia en el firmamento. Es decir, una estrella.

viernes, 18 de junio de 2021

Green Book: el racismo se cura viajando

 

Un buen amigo me recomendó ver Green Book, película de 2018 que me había pasado desapercibida, y no solo me ha encantado sino que me sirve de excusa para volver a escribir sobre ese territorio de ensueño que es el cine. Ya imaginaba de qué podía tratar esta película porque en la serie Lovecraft Country uno de los protagonistas se dedica justamente a elaborar la guía de viajes que da título al film. El Libro verde del automovilista negro se publicó cada año de 1936 a 1966 bajo el lema “vacation without aggravation” (que podríamos traducir, conservando la rima, como “vacaciones sin vejaciones”) para que los viajeros afroamericanos sortearan, en la medida de lo posible, las constantes humillaciones prodigadas por el racismo imperante en su país: equivocarse de hotel o restaurante, o circular por determinados lugares tras el anochecer podía suponer encarcelamiento, palizas o incluso la muerte.

Aunque no quería detenerme apenas en Lovecraft Country, añadiré que la serie sirve de poderoso contraste con la película Green Book: la primera toma como trasfondo el terror sobrenatural ideado hace un siglo por el escritor H.P. Lovecraft, cuyo racismo era precisamente la fuente de buena parte de los horrores que reflejaba en su obra literaria. Y en una suerte de venganza artística, Lovecraft Country presenta a un grupo de protagonistas de raza negra que se enfrentarán con bravura y notables dosis de humor tanto a las monstruosidades lovecraftianas como al mayor de los peligros, la segregación racial. Con mucha violencia, sangre y vísceras, esta serie expone el racismo estructural de Estados Unidos en toda su crudeza, y no es posible verla como un triste episodio del pasado, cuando tenemos reciente en la memoria el brutal asesinato de George Floyd a manos de un policía, por citar solo un caso.

Green Book es, por el contrario, una película dura pero amable que se centra en la amistad entre un virtuoso pianista negro (Mahershala Ali) y su chófer italoamericano (Viggo Mortensen) durante una gira del primero por los estados del Sur profundo, donde el racismo es tradición sagrada. Que el argumento esté inspirado en un viaje real hace que la historia sea aún más conmovedora, y la dirección de Peter Farrelly sabe sacar todo su jugo a la desbordante actuación de Mortensen (que en esta película más parece el grasiento Cebadilla Mantecona que el regio Aragorn) y a las refinadas réplicas de Ali. Hay además en Green Book un interesante contrapunto entre raza y clase: antes de que su amistad los vaya transformando en personas decentes, el músico es tan clasista como su chófer racista, y las situaciones que ambos atraviesan durante el viaje ponen a cada uno en la piel del otro, nunca mejor dicho.

Encontramos en Green Book varias escenas memorables que no conviene adelantar aquí, y un cierto regusto al Hollywood más convencional, cena navideña incluida. Pero, frente a la descarnada posmodernidad de ficciones como Lovecraft Country, estas concesiones moralizantes no lastran la película, al contrario: si algo nos enseña Green Book es que, más allá de nuestros estúpidos prejuicios, podemos ser mejores. Basta con sacar la cabeza del culo, por decirlo a la tosca manera del Bronx, mirar a nuestro alrededor y comprobar que no estamos solos, y que vamos en el mismo barco. O en el mismo Cadillac, escuchando a Little Richard, camino de la puesta de sol.


viernes, 14 de mayo de 2021

15M: Nos quieren en soledad, nos tendrán en común

 

Un resumen: año 2011, en el marco de una ola mundial de protestas contra la desigualdad iniciada con la Primavera Árabe y continuada con Occupy Wall Street, una manifestación en la Puerta del Sol de Madrid se transforma primero en acampada y luego en ciudad autogestionada, terremoto con réplicas en muy diversas poblaciones de España. Así nace el 15M, un movimiento que desnuda las vergüenzas del poder y que impugna lo establecido: clama contra el bipartidismo, contra el sistema electoral, contra el desmantelamiento de lo público, contra la ruptura del contrato social que obliga a la juventud española a vivir peor que la generación de sus padres.

Un despertar: tras la crisis-estafa financiera iniciada en 2008, el sistema, comportándose como el maltratador que es, intenta culpar a las víctimas: alguien nos dice que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Solo teníamos que mirarnos a la cara y palparnos las heridas abiertas para rechazar la enorme mentira que ocultan esas palabras. El 15M nos abrió los ojos y entrelazó nuestras manos. Según la historiadora del arte Julia Ramírez-Blanco, autora del libro El tiempo de las plazas: “Antes del 15M, la crisis era culpa de la gente, después del 15M, era culpa de los de arriba”.

 

 

Una victoria: cuando el desborde empieza a ser inasumible para el sistema, de nuevo alguien, con el paternalismo propio de los señoritos, nos dice que en vez de tanto protestar lo que tenemos que hacer es fundar un partido y presentarnos a las elecciones. El impulso libertario del 15M es imposible de reducir a las formas de participación política convencionales, pero lo cierto es que su espíritu y sus ideas estuvieron bien presentes en los ayuntamientos del cambio que en 2015 se hicieron con el poder institucional en capitales como Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, Zaragoza, Santiago y La Coruña. Basta revisar las imágenes de Ada Colau, de activista antidesahucios a alcaldesa de Barcelona, sujetando el bastón de mando municipal rodeada por una multitud ilusionada y sonriente, para comprender que el eco del 15M puede derribar montañas.

Un contraste: el 15M fue una gentrificación al revés, puso el centro de las ciudades al servicio de sus habitantes, no al servicio del dinero. En la Puerta del Sol había cocinas, medios de comunicación, servicio de limpieza, biblioteca, asesoría legal, enfermería… todo lo que necesita una ciudad en miniatura, de forma autogestionada y con la participación del vecindario, que acudía a ayudar y a llevar comida y toda clase de útiles de forma completamente altruista. El contraste con los núcleos financieros de las grandes ciudades es demoledor: desde Wall Street, capital del dolor neoliberal, hasta la City londinense, donde las empresas pagan menos impuestos que en el resto de Londres, pasando por el dumping fiscal de la Comunidad de Madrid, el 15M nos enseña la importancia del bien común y de la ayuda mutua frente al beneficio económico puesto por encima de cualquier consideración social, por encima incluso de la vida. El 15M es un viaje que nos lleva del paraíso fiscal al paraíso anticapitalista.

 

Una derrota: diez años después del 15M, las condiciones de vida de los jóvenes en España apenas han mejorado, con sueldos más bajos y contratos más precarios que en 2011. La banca no ha devuelto el dinero de su rescate pero aumenta ganancias y anuncia despidos masivos, las grandes fortunas son más grandes todavía y los pobres más pobres (uno de cada tres niños españoles está en riesgo de pobreza), España goza de una de las tarifas eléctricas más caras de Europa y se estima que la pobreza energética afecta a cuatro millones y medio de españoles, al mismo tiempo que el presidente de Iberdrola gana doce millones de euros al año. Se suele señalar a los políticos como culpables de todos nuestros males, mientras los directivos de las grandes empresas continúan a salvo, impunemente, viviendo, ellos sí, por encima de nuestras posibilidades. Y de las posibilidades de nuestro planeta.

Unas manos: las tuyas, las mías, las nuestras. Se cumplen diez años del 15M y queda mucho por hacer. Los profetas del desencanto aseguran que la Spanish revolution no llegó a nada, pero lo cierto es que sirvió para casi todo: para reapropiarse del espacio público, para tejer redes de solidaridad y activismo, para enamorarse, para eclosionar en múltiples expresiones culturales, para comenzar a hacernos feministas, para ensayar un modelo de convivencia ajeno a la depredadora lógica de mercado, para mostrarnos que hay otro camino. Si la pandemia nos ha enseñado que no hace falta darse la mano para sentirnos cerca, el 15M reveló al mundo que se puede aplaudir sin hacer ruido. Puesto que nos sobran los motivos, esas manos alzadas deberían levantarse de nuevo. Ya lo decía Eduardo Galeano: “Tenemos las manos vacías. Pero las manos son nuestras”.

viernes, 7 de mayo de 2021

Oh capitán mi capitán

 

Dead Poets Society: Amazon.es: Kleinbaum, N.H.: Libros en idiomas  extranjeros

Para entender la pérdida, hay que comprender que el profesor metido a vicepresidente era un arquetipo. Como Neo en Matrix, como Robin Williams en El Club de los Poetas Muertos, Pablo Iglesias estaba ahí para conseguir que nos subiéramos a la mesa, para invitarnos a sobrevolar la angustiosa realidad con ánimo de transformarla. Por desgracia, fuera de la ficción es imposible esquivar las balas, y en Madrid, la mayoría del alumnado prefiere irse de cañas en vez de recitar a Walt Whitman.

Su sacrificio ha sido innecesario y a mayor gloria de las Máquinas, un error de guión como para mi gusto lo fue el final de Matrix. No obstante, creo que Pablo Iglesias se va dejando un eco de indignación aplazada, y en el aire un testigo que debemos recoger para que el trumpismo patrio no nos aplaste, valga el juego de palabras.

Hablando de héroes caídos y arquetipos, es obligado recurrir a mi querido Tolkien: "De las cenizas subirá un fuego / y una luz asomará en las sombras". Mientras su impronta permanece en el Consejo de Ministros, las de abajo seguiremos trabajando por el bien común, cada una en la medida de sus posibilidades; y memorizaremos unos versos más, aquellos que comienzan diciendo "¡Oh capitán! ¡Mi capitán!"

Nota: esta entrada se comprende mejor tras ver esta grabación, de 2008, en la que un desconocido Pablo Iglesias invita a sus alumnos de Ciencias Políticas a reproducir la famosa escena de la película El Club de los Poetas Muertos.

domingo, 25 de abril de 2021

Yo también estoy amenazado de muerte

  


    Los acosadores siempre tratan de culpabilizar a la víctima. Lo vemos en la actividad terrorista, en la violencia contra las mujeres, en la persecución de personajes públicos. Lo contrario a formar parte del acoso es solidarizarse con las víctimas

No he recibido esta semana una carta con amenazas de muerte sazonadas con balas de armamento militar, no soy tan importante como el Ministro de Interior, la Directora de la Guardia Civil y el candidato por Unidas Podemos a la Comunidad de Madrid. Pero sin duda me doy por aludido por estas palabras escritas a finales del año pasado por el General retirado Francisco Beca: "no queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta". En una población como la española, de 47 millones de habitantes, me consuela saber que para este patriota de pensamiento genocida los demócratas somos más de la mitad. Hasta que nos fusilen, claro.

De manera que sí, me siento amenazado de muerte, junto a 25.999.999 españoles más, por las palabras del señor Francisco Beca, secundadas por otros altos mandos militares jubilados y por el partido político Vox. Pero no haría falta saberme interpelado por ellas para solidarizarme abiertamente, a través de mi modesto blog, con los destinatarios de las cartas con balas. Especialmente con uno de ellos, Pablo Iglesias, no porque las amenazas de muerte dirigidas contra el Ministro de Interior y la responsable de la Guardia Civil me parezcan menos relevantes (en todo caso sería al contrario, ya que el contenido de esas dos cartas insinúa también la amenaza de un golpe de Estado), sino porque contra Pablo Iglesias existe desde hace tiempo una campaña de acoso constante y descarado; un clima de odio que propicia que tanto él como su familia sea hostigada y amenazada de muerte con regularidad, y que tal vez conduzca a la aparición de su cuerpo ensangrentado y molido a golpes, o con un limpio tiro en la nuca, a la manera de ETA.

Los acosadores siempre tratan de culpabilizar a la víctima. Lo vemos en la actividad terrorista, en la violencia contra las mujeres, en la persecución de personajes públicos. Lo contrario a formar parte del acoso es solidarizarse con las víctimas. Entre los acosadores se cuentan, inequívocamente, los dirigentes del partido de ultraderecha Vox, una de las cuales, Rocío Monasterio, se comportó como una acosadora de manual durante el debate electoral organizado el viernes por la Cadena SER: después de negarse a condenar las amenazas de muerte y dudar de su autenticidad, insultó a la víctima hasta que ésta abandonó el debate.

Recordemos que otros miembros de Vox participan en el asedio continuado al hogar de Pablo Iglesias, donde viven 3 niños de corta edad, sus hijos. Este acoso se lleva produciendo desde hace más de un año, incluso se trasladó por vacaciones al lugar donde las víctimas decidieron tratar de pasar el verano. Acosadores son también, dicho sea de paso, quienes comparan este acoso domiciliario con el escrache sufrido en su día por la entonces Vicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría: comparar una protesta, enmarcada dentro de las reivindicaciones por el derecho a una vivienda digna, que duró unos minutos y se produjo en una sola ocasión, con el acoso sostenido durante meses y meses sin más objeto que el acoso en sí, es de una mezquindad abrumadora.

Recordemos también la pertinaz persecución que Pablo Iglesias sufre a manos de buena parte de la prensa. Contra él y contra su formación política se vierten mentiras a diario, algunas de ellas fabricadas por una especie de Gestapo a la española, una unidad policial clandestina encargada de lindezas tales como secuestrar a la mujer de Luis Bárcenas y fabricar pruebas falsas contra enemigos políticos. La creación de esta vanguardia de las cloacas se atribuye a Jorge Fernández Díaz, Ministro de Interior nombrado por M. Rajoy, que en la actualidad está siendo procesado como presunto responsable de la inmundicia. Las noticias falaces se suministraban a diversos medios, con especial preferencia por OKdiario, un digital cuyo director, Eduardo Inda, ha sido condenado varias veces por difundir informaciones falsas pero sigue siendo invitado a tertulias televisivas de gran audiencia. Este acoso no es ni mucho menos cosa de un solo medio aislado: ayer mismo, el diario El Mundo culpabilizaba en su editorial a Pablo Iglesias de la violencia ejercida contra él. Después de haber recibido, repito, una carta con cuatro balas: una para él, otra para su pareja, dos para sus padres.

Recordemos, cómo olvidarlo, que el año pasado un exmilitar se grabó disparando en una galería de tiro contra dianas con las efigies del Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, del entonces Vicepresidente Pablo Iglesias, de los ministros Irene Montero y Grande-Marlaska, y del portavoz de Podemos, el científico Pablo Echenique. Las diligencias por delito de odio contra el autor del fusilamiento simulado fueron archivadas. Recordemos, suma y sigue, que uno de los empleados de OKdiario está acusado de acosar a los hijos de Pablo Iglesias y a su cuidadora. La Fiscalía pide un año de prisión para el supuesto periodista.

Recordemos, vamos para bingo, a quienes se convierten en cómplices de la violencia y el acoso, justificándolo o intentando equiparar a víctimas con verdugos. La candidata a la Comunidad de Madrid por el PP, así como el candidato de Ciudadanos, continúan la campaña electoral sosteniendo que los extremos son iguales, que Vox y Podemos son más o menos lo mismo, pasando por alto una diferencia abismal: racismo, odio, machismo y homofobia están en el centro del discurso de Vox; en el de Podemos, la igualdad y los Derechos Humanos. Cada vez que escucho este tipo de comparaciones, en boca de tertulianos y dirigentes políticos pero también de amigos y conocidos, me estremezco.

Recordemos, por descontado, a quienes callan. La noticia de las amenazas de muerte por correspondencia no ocupó la portada de la edición impresa de ningún periódico de tirada nacional. Una de las cartas, insisto en su gravedad, otorga al Ministro Grande-Marlaska un plazo de diez días para dimitir, o será fusilado. Otro que se cuenta entre los 26 millones de hijos de puta. Callan quienes pusieron el grito en el cielo cuando una de las víctimas se compró un chalet, pero no se escandalizan por el acoso a ese chalet, ni por las amenazas de muerte. Callan también quienes quitan importancia a los hechos, quienes miran para otro lado o piensan que estas  cosas de la política no van con ellos. En mi opinión, es la democracia la que está en juego, y ya vamos con retraso para defenderla.

Recordemos, y ya termino, a don Miguel de Unamuno. Después de enfrentarse a los fascistas en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca y confrontar con su serenidad de intelectual audaz el discurso de uno de sus máximos líderes, Millán Astray, recibió varias amenazas de muerte en su domicilio, por carta, durante los días siguientes. Finalmente, tal y como sostienen las investigaciones sobre su muerte recogidas en el reciente documental Palabras para un fin del mundo, todo apunta a que fue asesinado por los golpistas. Siguió una larga y cruel dictadura de 40 años.

Por suerte, hay ya muchos que han captado el mensaje, que se solidarizan con las víctimas, que se sienten también amenazados. En boca de las más conocidas periodistas de la Cadena SER, en los actos electorales del PSOE y de Más Madrid se habla nítidamente de escoger entre fascismo o democracia. Por lo que más queremos, que en abstracto yo diría que es nuestro sistema de libertades, que en lo concreto son nuestros seres queridos, ya saben, al menos 26 millones de españoles: no permitamos que la Historia se repita.

 

viernes, 29 de enero de 2021

Crónicas de Tusitala, II

"Los libros son el cuerpo de las palabras"
Irene Vallejo

 
Mi primo Alexis también regenta una librería. Está en Arrecife, en las Islas Canarias. No hemos conseguido todavía visitar la librería del otro, pero de alguna manera están interconectadas, por parentesco y por causalidades literarias como la que ocupa esta crónica. La librería de Alexis se llama La madriguera y es de viejo, o de lance, y como tal tiene la suerte de contar con hallazgos literarios, casi arqueológicos, entre sus estanterías. El más reciente de ellos es una traducción al inglés de La odisea de Homero, en edición de Bernard Knox, gran especialista en cultura clásica y miembro de las Brigadas Internacionales que acudieron a España en auxilio de la República. Mi primo parece gozar de una memoria superlativa, como la de aquel personaje de Borges llamado Funes el memorioso: recordaba que el diario El País publicó, allá por el lejano año 2010, el obituario que escribí sobre Knox, y por ese motivo me comunicaba que esta edición de La odisea, perteneciente a la colección de un periodista sueco, se encontraba ahora en su librería.

El mismo día que mi primo me hacía partícipe del descubrimiento, y prometía generosamente enviármelo, Irene Vallejo presentaba mediante diálogo online con la periodista Pilar del Río la traducción portuguesa de su célebre El infinito en un junco, ese “ensayo de aventuras”, como lo califica la propia autora, que se ha convertido en un éxito mayúsculo y en una gozosa exaltación del libro y de la lectura. Pude asistir a la presentación gracias al aviso de mi primo librero y, además de disfrutar del entusiasmo y de la encantadora voz de Irene Vallejo, constaté enseguida que este cruce de caminos literarios merecía una buena crónica: Irene Vallejo confiesa que se enamoró de Homero gracias a que, de niña, escuchaba La odisea contada por su padre; Bernard Knox emprendió su propia odisea contra el fascismo y, según sus palabras, dejó su corazón en España; ambos autores se encuentran unidos en su pasión por los clásicos grecolatinos, y sus libros se cruzarán en esta trastienda inexistente, acaso infinita, que comunica Badajoz con Arrecife, Tusitala con La madriguera.

Postdata: según escribo estas líneas ha entrado en Tusitala una lectora preguntando, precisamente, por El infinito en un junco. Pura causalidad literaria. 

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sábado, 28 de noviembre de 2020

Crónicas de Tusitala, I

 

A veces me pregunto para qué sirve una librería. Una posible respuesta la obtuve el pasado jueves, con la siguiente sucesión de encuentros improvisados entre letraheridos: con motivo de la presentación de su último libro, Notas para no esconder la luz, el poeta Faustino Lobato se había citado en Tusitala con el también poeta Fco. Javier Benítez, y en esto atravesó las puertas del templo Rafael Gordon, poeta rockero, que reconoció al primero (a pesar de la mascarilla) y le preguntó qué haces aquí, a lo cual Faustino respondió que se disponía a presentar su poemario, y Gordon, no sin aprovechar la ocasión para recordarnos el origen escocés de su apellido, enseguida anunció que se llevaba un ejemplar, por supuesto.

Según se iniciaba el ritual del autor estampando su firma y unas pocas frases a modo de dedicatoria, accedió al santuario Tente, tertuliano de pro, que venía a recoger el poemario Corteza de abedul, y ya de paso preguntar por el ensayo sobre poesía Tensión y sentido. Pues ahí lo tienes, dijo el librero, en la bolsa de Rafael, que me lo había encargado. Y entonces, era de esperar, ambos clientes se reconocieron (a pesar de las mascarillas) y entablaron una breve conversación entre viejos conocidos. Es lo que Tolkien llamaría "un encuentro casual" y que yo suelo denominar como "causalidades literarias".

De modo que una posible respuesta a la pregunta de para qué sirve una librería es esta: tiene algo de bar de la esquina, de plaza de pueblo, de ágora griega o foro romano, todo ello sumado al libro como punto de partida. Mi criterio es de parte, desde luego, pero me atrevería a afirmar que, por esta y otras muchas razones, las librerías son imprescindibles, pura utilidad de lo inútil. Como las y los poetas.

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viernes, 1 de mayo de 2020

La Casa de Papel: inyección de liquidez



Estamos consumiendo muchas series. Cada vez más. Y una de las series de moda es La casa de papel, cuya cuarta temporada acaba de estrenarse. Con la particularidad de ser una serie de gran éxito internacional, pero de producción propia. Made in Spain. Para que luego digan que todo lo bueno viene de fuera.

La casa de papel es irregular pero engancha, se basa en un “atraco perfecto” más o menos verosímil pero salpicado de romances inverosímiles, se apoya en grandes actuaciones y personajes pero arrastra otros apenas dibujados, y no esconde sus influencias: desde la genial Inside Man (Spike Lee, 2006) hasta la evidente resonancia de la novela gráfica V de Vendetta, publicada en los ochenta por Alan Moore y David Lloyd.

Atracadores ataviados con caretas de Dalí, que convierten esa máscara en símbolo de resistencia popular frente a un sistema injusto y opresor. ¿Les resulta familiar? Hay claras referencias al 15M, al movimiento feminista, a la lucha obrera y antifascista, al terrorismo de Estado. Y todo ello presentado bajo un envoltorio muy comercial, perfectamente apto para todos los públicos. Aunque quizá la línea de guión más significativa se encuentre en el capítulo final de la segunda temporada, en una escena en la cual el Profesor afirma: “En el año 2011 el Banco Central Europeo creó de la nada 171 mil millones de euros. Ese dinero fue a parar a los bancos. A los más ricos. ¿Dijo alguien que el Banco Central Europeo fuera un ladrón? Inyección de liquidez lo llamaron, y lo sacaron de la nada. Yo estoy haciendo una inyección de liquidez. Pero no a la banca. La estoy haciendo aquí, en la economía real de este grupo de desgraciados”.

Sin embargo, como todo producto de entretenimiento, La casa de papel no escapa a sus propias contradicciones: creada gracias a Antena 3, cadena que no destaca precisamente por su ideario revolucionario y anarquista; popularizada en todo el mundo gracias a Netflix, emporio que, como es habitual en las grandes compañías, se caracteriza por la evasión fiscal. Y ya sabemos, como cierto virus se ha encargado de recordarnos, que sin impuestos cuesta mucho más salvar vidas. Ni siquiera en situaciones de extrema necesidad, como la que estamos atravesando ahora, la legislación europea permite proporcionar dinero directamente a los Estados miembros. La Unión Europea está diseñada para pasar siempre por la banca privada, que ni siquiera está obligada a prestar luego ese dinero que se le regala, y cuando lo presta lo hace aumentando los intereses, por supuesto. Ahora que se planea una nueva inyección de liquidez a la banca como respuesta a la actual crisis, me preguntó quién se va a encargar de que ese dinero llegue a la economía real, es decir, a este grupo de desgraciados que pagamos impuestos.

martes, 14 de abril de 2020

Diario del virus, quinta entrega



1. Catorce de abril

Según el diccionario de la Academia, la definición de República es: “Por oposición a los gobiernos injustos, como el despotismo o la tiranía, forma de gobierno regida por el interés común, la justicia y la igualdad”. El escritor Eduardo Haro Tecglen también definió la república como ausencia de monarquía. En España, la Segunda República fue proclamada un día como hoy, hace 89 años. En 2020, la monarquía española pasa por muy malos momentos, envuelta en diversos casos de corrupción. Hace poco me decía un amigo que hay familias de narcotraficantes con menos miembros investigados o en la cárcel que la familia real. Sin embargo, la prensa nacional soslaya la conmemoración, ni siquiera medios progresistas como El País o eldiario.es dedican espacio al aniversario. Sí lo hacen otros, como el diario Público en este magnífico artículo. La pandemia se ha llevado por delante muchas vidas, entre ellas, por su avanzada edad, la de varias víctimas del franquismo que seguían esperando verdad, justicia y reparación. Con 99 años, en su residencia de Estrasburgo, murió a causa del virus Rafael Gómez, último superviviente de La Nueve, la compañía de republicanos españoles que liberó París del dominio nazi. Hoy descubro que mi antepasado Diego de la Cruz Romero, alcalde republicano de mi pueblo, aparece en el diccionario biográfico de la Fundación Pablo Iglesias. Como decía Luis Cernuda en su emotivo poema titulado 1936: “Recuérdalo tú, y recuérdalo a otros”. Pero no debería hacer falta tener ascendientes republicanos ni profesar una ideología determinada para reivindicar el pasado democrático de este país. Sobre todo porque en España, en oposición a la tiranía de Franco y al despotismo de los Borbones, el concepto de república debería ser un horizonte común de libertad, igualdad y fraternidad: así lo especifica hasta el diccionario de la monárquica Academia.


2. El Salto

La tardanza en actualizar este Diario del virus se ha debido, entre otras razones, a la publicación en el diario El Salto de un artículo que titulé Estado de alarma solidaria. Necesitaba darme a mí mismo y a quienes puedan leerme un mensaje de esperanza, tras la indignación que destilaba la entrega anterior de este dietario. Más allá de los errores cometidos, algunos de ellos graves, es justo reconocer que a los mandos de este buque a la deriva llamado España hay personas que pretenden llevarnos a buen puerto, frente al enjambre de polizones, embusteros y falsos patriotas que prefiere el barco hundido si eso le permite tomar posesión del naufragio. Hoy me recordó un compañero los versos de Miguel Hernández: “El odio se amortigua detrás de la ventana. Será la garra suave. Dejadme la esperanza.


3. En vivo y en confinamiento

La cuarentena estimula tanto el ingenio como la creatividad. En la librería Tusitala llevamos ya dos semanas ofreciendo cuentacuentos online, gracias a la ilusión y perseverancia de una profesora de música con un talento especial para los cuentos infantiles, que ha querido seguir a nuestro lado a pesar del cierre de la librería. Me imagino, en la otra parte de la pantalla, la sonrisa de los espectadores de Tusitala, que han cambiado la visita de los sábados a mediodía por un ratito frente al ordenador. Hoy mismo fui yo quien se puso de su lado, del lado de la audiencia: más de diez mil personas seguimos el concierto que Ismael Serrano ofrecía sentado en una habitación de su casa, guitarra y voz. Un público que se encontraba al mismo tiempo en hogares de España, Chile, Uruguay, México, Argentina… la pandemia también puede servir para sentirnos unidas. Anoté la siguiente estrofa del cantautor de Vallecas: “Que la tristeza, si es compartida / se vuelve rabia que cambia vidas”.

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