lunes, 12 de abril de 2021

Herrumbrosas lanzas madrileñas (a la manera de Javier Marías)

Ya estamos otra vez. A la carga vuelven con elecciones sobre la vituperada Comunidad de Madrid. La alevosa Ayuso no tiene bastante con infligirnos diario castigo verbal, ahora lo pretende físico; nos impele a desplazarnos nuevamente, con renuentes pasos y riesgo de mortal contagio, hacia el colegio electoral. Y a raíz de su osadía ha desatado una temeridad mayor, la del infame e impío Iglesias, que traslada, inexplicablemente, su enmoñada coleta del cómodo sillón de la Vicepresidencia Segunda del Gobierno del Reino a este sumidero de la política patria que es Madrid. Ya saben, Madrid es España dentro de España, y etcétera. Tiren de la cadena al salir, como diría mi antiguo vecino de página, de quien, ya saben, tomo ocasionalmente prestadas ciertas expresiones soeces.

Veamos. De un lado se nos presenta una derecha dividida entre reconocidos y pretéritos enemigos de la democracia (acaso los peores, ya que se valen de aquello que más desprecian para sus muy oscuros propósitos), corruptos de toda la vida (desde la cólera de Aguirre, lejos de enmendarse, no cesan en su latrocinio) y bobalicones de extremo centro (nada más bochornoso que ver al humillado Ciudadanos volver a ofrecerse sumisamente a su dominatrix Ayuso). De otro lado se nos ofrece un titán de la desmesura y del agravio que confunde sus soberbios deseos con la anodina realidad, una anestesista que parecía firme y competente hasta que se olvidó de anestesiar su mala leche feminista, y un señor sosegado o manso que corresponde a un tiempo político lamentablemente anterior y que provoca el mismo entusiasmo que mis artículos de prensa semanales.

El panorama, ya ven, es turbio y triste a un tiempo, invita al recogimiento o a la indiferencia o al desaire. No obstante, y conste que lo afirmo desde una falta de fe acendrada durante decenios de sufrimiento capitalino, me permito recomendarles que se hagan el favor de no quedarse en casa el próximo 4 de mayo, martes. O en fin, pongan en práctica esa fabulosa y extemporánea herramienta denominada voto por correo, que también conlleva el gusto anticuado y mínimamente salaz de introducir un sobre en una ranura. 

La razón de mi llamamiento es simple: siempre se puede ir a peor, y para impedirlo no parece mucho esfuerzo ejercer el más elemental de los derechos democráticos, por sobrevalorado que esté. Lo contrario constituiría imperdonable desidia. Seré preciso e impertinente: no votar supone favorecer con la abstención al partido mayoritario, lo cual en esta coyuntura equivale a respaldar por omisión a la liberticida Ayuso. Y debo inferir, aun con ciertas reservas, que hasta el más estúpido o resabiado de ustedes sabe distinguir entre fascismo y antifascismo, entre racistas y antirracistas, entre demócratas más o menos torpes y antidemócratas de esos que se presentan a las elecciones mofándose de ellas.

Les recuerdo, sin necesidad de ir más atrás en el tiempo que unos pocos meses, que el nocivo agente naranja lanzó a sus fanáticos contra el Capitolio después de boicotear el proceso electoral al que él mismo, el muy imbécil, concurría, en base a persistentes trolas o bulos o mentiras gordas (nunca posverdades, menudo engendro de palabra). A pesar de todas las imbecilidades proferidas por el torpedo Trump, aún nos falta oírle decir que cuando le llaman fascista le sitúan en el lado bueno de la Historia. Como a nuestra todavía Presidenta, quien por su veneno merece sombra y adiós.

viernes, 29 de enero de 2021

Crónicas de Tusitala, II

"Los libros son el cuerpo de las palabras"
Irene Vallejo

 
Mi primo Alexis también regenta una librería. Está en Arrecife, en las Islas Canarias. No hemos conseguido todavía visitar la librería del otro, pero de alguna manera están interconectadas, por parentesco y por causalidades literarias como la que ocupa esta crónica. La librería de Alexis se llama La madriguera y es de viejo, o de lance, y como tal tiene la suerte de contar con hallazgos literarios, casi arqueológicos, entre sus estanterías. El más reciente de ellos es una traducción al inglés de La odisea de Homero, en edición de Bernard Knox, gran especialista en cultura clásica y miembro de las Brigadas Internacionales que acudieron a España en auxilio de la República. Mi primo parece gozar de una memoria superlativa, como la de aquel personaje de Borges llamado Funes el memorioso: recordaba que el diario El País publicó, allá por el lejano año 2010, el obituario que escribí sobre Knox, y por ese motivo me comunicaba que esta edición de La odisea, perteneciente a la colección de un periodista sueco, se encontraba ahora en su librería.

El mismo día que mi primo me hacía partícipe del descubrimiento, y prometía generosamente enviármelo, Irene Vallejo presentaba mediante diálogo online con la periodista Pilar del Río la traducción portuguesa de su célebre El infinito en un junco, ese “ensayo de aventuras”, como lo califica la propia autora, que se ha convertido en un éxito mayúsculo y en una gozosa exaltación del libro y de la lectura. Pude asistir a la presentación gracias al aviso de mi primo librero y, además de disfrutar del entusiasmo y de la encantadora voz de Irene Vallejo, constaté enseguida que este cruce de caminos literarios merecía una buena crónica: Irene Vallejo confiesa que se enamoró de Homero gracias a que, de niña, escuchaba La odisea contada por su padre; Bernard Knox emprendió su propia odisea contra el fascismo y, según sus palabras, dejó su corazón en España; ambos autores se encuentran unidos en su pasión por los clásicos grecolatinos, y sus libros se cruzarán en esta trastienda inexistente, acaso infinita, que comunica Badajoz con Arrecife, Tusitala con La madriguera.

Postdata: según escribo estas líneas ha entrado en Tusitala una lectora preguntando, precisamente, por El infinito en un junco. Pura causalidad literaria. 

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