lunes, 18 de marzo de 2013

Traducir es crear

"Crear es resistir. Resistir es crear".
Stéphane Hessel.


Durante el Curso de iniciación a la traducción literaria, organizado en Cáceres los días 16 y 17 de marzo por Sala Targuman y ACE Traductores, hemos aprendido (o más bien recordado) que traducir es crear. El traductor es autor de su traducción, lo cual deja de parecer una perogrullada cuando resulta que ha sido necesaria una Ley de Propiedad Intelectual que así lo reconozca. La del traductor es una profesión extraña: imprescindible en el mercado editorial, un sector que supone el 4% del PIB español; pero que raramente permite vivir de ella en exclusiva. La mayor parte de los traductores desempeñan alguna profesión adicional, por lo cual se dedican también a la traducción técnica, a la enseñanza, a la edición o a la creación literaria. 

Los traductores encargados de impartir el curso, María Teresa Gallego y Arturo Peral, presidenta y vicesecretario respectivamente de ACE, tienen muy claro que ser traductor no es sólo trasladar un texto de una lengua a otra, sino que conlleva la necesaria reivindicación de su labor profesional. El matrimonio editor-traductor, con honrosas excepciones, es una relación de amor y odio: ambos se necesitan, pero el primero tiende a menospreciar al segundo, y éste a no fiarse de aquél. Digámoslo como si de un chiste se tratara: si un editor va al dentista a ponerse un empaste, no se le ocurre dejar de pagar exactamente la cantidad estipulada (incluso aunque le parezca excesiva), ni acudirá a un matasanos que ponga en riesgo toda su dentadura. Sin embargo, ese mismo editor será capaz de escatimar los derechos de autor de sus traductores, o hacerlos trabajar sin contrato, o subastar a la baja la traducción aunque eso suponga una importante pérdida de calidad que afecte a la imagen de toda su producción editorial. En realidad, no es un funcionamiento muy diferente al de otros sectores laborales, en estos tiempos en los que prima obtener el máximo beneficio a costa de lo que sea. 

El curso continuó con una serie de directrices para abrirse camino en el sector y darse a conocer a editoriales, sin olvidar la necesidad de asociarse y de estar al tanto de la legislación. Y es que no todo son peleas conyugales, ni mucho menos: ACE y el gremio de editores han consensuado varios contratos tipo que respetan los derechos de ambas partes, y existe una comisión paritaria de traductores y editores que se dedica a solucionar las desavenencias matrimoniales. La asociación CEDRO, por otra parte, se encarga de gestionar los derechos colectivos de propiedad intelectual y la compensación por copia privada. No se puede decir, por tanto, que la profesión de traductor esté desamparada o desasistida, aunque es cierto que demasiadas veces se echa en falta algo tan sencillo y tan escaso como es el cumplimiento de la ley.

El marco de este curso, la ciudad de Cáceres, es también sede de Sala Targuman, entidad dedicada a la formación de traductores que promete hacernos volver pronto a una ciudad que se antoja cómplice a la hora de reunirse al calor de sus bares y de sus murallas para hablar sobre literatura y deshojar toda clase de anécdotas en torno a la traducción: conocer por ejemplo que ciertos traductores se sienten poseídos por los autores con cuyos textos trabajan, a la manera de los actores a quienes les cuesta despojarse del personaje al que han prestado sus gestos y su voz. Traducir es también interpretar, es actuar, es crear. Traducir es divulgar la cultura que de otro modo resultaría inaccesible. Tras muchos años dedicado a la creación literaria, pero con apenas dos traducciones a mis espaldas (el ensayo The Steampunk Bible y la biografía Amor y saludos revolucionarios), he comprobado que traducir es también crear, es enseñar a hablar a un texto en otra lengua, es algo así como enseñar a un niño a pensar en otro idioma.

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